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El cardenal no tiene quien le escriba
 
Por: omar  2016/07/11

Mientras se vive una de las peores persecuciones contra el cristianismo de Oriente en los últimos tiempos y una de las más poderosas embestidas contra su legado civilizatorio, mientras todo se relativiza y se experimenta un proceso galopante de secularización en la sociedad mundial, nuestro país vive sus horas aciagas y la Iglesia mexicana, sus horas críticas.

En medio de los grandes debates que han puesto a prueba a todas las instituciones mexicanas y evidenciado su desgaste (no solo las que integran al Estado), también se da uno de los periodos cruciales del catolicismo local, la lucha interna por definir su rumbo en las próximas décadas.

Aunque su poder temporal no ha menguado en la misma proporción que su feligresía, el desprestigio de los jerarcas católicos, particularmente, la generación que Juan Pablo II encumbrara en nuestro país desde los años ochenta, han colocado a la Iglesia, como institución de la sociedad mexicana, en una situación preocupante; por un lado, la paradoja de ser la Iglesia de los pobres y la de ser un factor de cohesión, aún en tiempos del neoliberalismo; y, por otro, enfrentar las acusaciones de pederastia que pesan sobre la cabeza de aquellos, pero también la de ser la promotora de los valores morales que garanticen la comunión y la supervivencia de la humanidad.

No obstante de los pasos acelerados que el Papa Francisco ha dado para actualizar a la Iglesia, reavivar la fe de su grey y de reorientar su misión pastoral hacia las causas de los pobres, el lastre de personajes como el Cardenal Rivera y de los curas pederastas, comprometen sus esfuerzos y el futuro de la aquella.

Recientemente se cumplieron los cincuenta años de la ordenación sacerdotal de Norberto Rivera Carrera (el 3 de julio de 1966), jerarca del catolicismo en México que marcado toda una época en la historia moderna de la Iglesia, partidario éste de la cercanía con el poder temporal y de la reacción; legítimo heredero de Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, quien fuera opositor del juarismo y que guardará muy buena relación con el porfirismo.

Rivera, incondicional de Prigione y afín al ex Secretario de Estado de la Santa Sede, Angelo Sodano, es el símbolo de la corrupción moral al interior de la Iglesia y enemigo de las corrientes progresistas de ésta; así ha quedado en la memoria de muchos sacerdotes que participaron en una de las instituciones más cercanas a los pobres al interior del catolicismo, el Seminario Regional del Sureste, fundado en 1969 y que, a finales de 1990, fuera cerrado por el entonces obispo de Tehuacán después de que los seminaristas realizaran una peregrinación desde el SERESURE a la catedral de Tehuacán para expresar su inconformidad ante los cambios que el mismo Rivera había hecho en los planes de estudio y del despido de los profesores de dicha institución, la mayoría de ellos miembros de la Teología de la Liberación y tachados por Roma de marxistas.

Como premio de esta encomienda fue promovido a la sede metropolitana y primada de México en 1995 y luego cardenal en 1998 por Juan Pablo II. Durante el cardenalato de Rivera se dio un énfasis al culto guadalupano y al de la personalidad del Papa polaco, al tiempo que la jerarquía católica descuidaba las franjas geográficas y sociales del México de millones de pobres y mientras se acumulaban casos de curas depredadores sexuales.
El carácter faccioso de Rivera, el alejamiento de los pobres por parte de la Iglesia mexicana y la corrupción moral tolerada a su interior, han enfrentado a las diferentes corrientes de la misma; entre los que han acudido al llamado pastoral del actual Papa y los que añoran los tiempos del dilatado papado de Wojtila.

Ante las crecientes protestas contra Rivera, en medio de desairados festejos sacerdotales en su antigua diócesis de Tehuacán, se anuncia lo inevitable, al menos todo apunta a ello, el cambio de “nomenclatura” en la Iglesia mexicana.

No obstante lo anterior, parece llegar demasiado tarde la decisión de Roma y ésta tendrá que decidir entre conservar el bastión mexicano o la defensa de la civilización cristiana en el orbe; sus adversarios de siempre han hecho causa común con nuevos actores y la han rodeado, ella tendrá que buscar nuevos aliados en antiguos adversarios; mientras que, en el caso mexicano, deberá sortear la batalla que viene en una situación comprometida.
 

   
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